Una montaña rusa llamada Feria del Libro


 

No es de madera ni tiene giros interminables y tampoco transita por carriles engrasados con ese aceite negro que corrompe el sentido olfativo. Sin embargo, sí produce una sensación extraña, de vértigo, de velocidad y hasta de una especie de inestabilidad que convierte la experiencia en un digno recuerdo. Como si montado en una montaña rusa se tratase hace unos días tuve la oportunidad de participar por primera vez en la Feria del Libro de Madrid. Cuando avancé los últimos pasos por la avenida de Menéndez Pelayo justo antes de entrar en el propio recinto de ‘El Retiro’ sentí como mi pulso se aceleraba, intenté controlarme, pero el miedo a lo desconocido se apoderó por un instante de todo mi cuerpo. Flaqueé y a punto estuve de cuestionar todo lo que conforma mi actual realidad. Sin embargo, miré el reloj, advertí que ya llegaba tarde a mi primera firma de ejemplares y aceleré el paso. No había vuelta atrás. Cuando llegué a la caseta 273, mi editor me saludó, me invitó a subirme a la vagoneta con forma de caseta blanca y comencé el viaje. Alrededor de tres horas duró la atracción. Una experiencia única donde pude reencontrarme con amigos y familiares, saludar a fieles seguidores de las redes sociales, y conocer a simples compradores que advertidos por el título de mi libro: ‘La crisis que cambió España’ habían decidido comprar mi obra para que se la firmase en ese mismo instante.

En varias ocasiones desperté y conecté con la realidad que transitaba por el asfalto del Paseo Fernán Núñez, donde se coloca la Feria. Las largas colas de los rostros más famosos y populares se mezclaban con los discretos remolinos que los noveles despertábamos en esa marabunta que se dejaba envolver por el hechizo de la cita. Por un instante sentí complejo y después envidia. Deseé ser uno de ellos. Sin embargo, cuando levanté la vista advertí que estaba solo a unos metros de mi caseta, y de que en ella había un grupo de amigos y conocidos que con su sonrisa esperaban ilusionados a que desfundara mi bolígrafo. En ese mismo momento la ilusión llenó mi orgullo.

Anuncios

Desafiando al destino


Artículo publicado en NuevaRevolución.es

Ignacio Luna / Madrid

La energía que corre por el cuerpo de los seres humanos es comparable con la fuerza de los continentes que chocan entre sí. Fuerzas desafiantes que cada día se enfrentan a un sinfín de adversidades. Cuando imaginamos que a día de hoy somos adalides de libertades y derechos, no podemos darnos más cuenta de lo equivocados que estamos. En este mundo, en el que pensamos que hemos conseguido los mayores logros en cuestiones como democracia, libertad o igualdad, la dura realidad de cada mañana nos enfrenta a un escenario de gran dureza. Un espacio donde la identidad de nuestro entorno fractura, como si de la erosión más agresiva se tratase, aquellos sueños de todos los que luchan por encontrar su camino. Un proceso para hallar la realización personal en aspectos tan complejos como crear una familia, montar una empresa, curar pacientes o defender derechos. Un pleito que a mí me llamó a querer ser periodista. Una profesión dura, difícil y desesperante; pero con un inconveniente en mi caso, sin retorno. Todos sabemos cuál ha sido esa decisión que ha marcado nuestra existencia, aquella que quizás tomamos de manera meditada o en algunos casos imprevista. Sin embargo, una decisión. Los obstáculos que yo me he podido encontrar son los mismos que millones de jóvenes, o no tan jóvenes. Sin embargo, a pesar de que son muchos los momentos en los que paramos para tomar aliento, recapacitar y pensar si merece la pena el peaje que estamos dispuestos a pagar, existe una extraña fuerza que nos obliga a no cejar en el empeño.

Cuando tras ir, venir, volver, marchar e intentar, decidí escribir un libro no pensé que de nuevo el precio de la edad volvería a penalizar mi trabajo. Pocas son las empresas o los proyectos que miran a los jóvenes con un fin que no sea el propiamente comercial. Vivimos en una estructura que penaliza la juventud, al igual que la veteranía avanzada, con el descaro de repudiar a los que se están formando y a aquellos que llegan al final de su vida útil. Cual sistema de producción agresiva pensamos que unos no son lo suficientemente capaces y que otros ya no sirven para nada, sin comprender que todos en esta impuesta cadena de montaje somos engranajes lo suficientemente útiles como para generar el mejor producto que podemos llevar a cabo, que no es otro que el de crear un mundo justo, sostenible y próspero.

A pesar de que fueron muchos los que me dijeron “deja de intentarlo, no merece la pena”, luché. Ahora comienzo a advertir que luchar merece la pena. Sin olvidar, que tirar la toalla no es una actitud para nada derrotista sino comprensible en un mundo donde las oportunidades son escasas. La dura realidad nos obliga a tener que dejar sueños atrás en favor de pagar facturas o ayudar a familiares que lo necesitan. Imprevistos que derriban ilusiones.

Para todos aquellos que dejaron de intentarlo por apatía hacia este sistema injusto va dedicado mi libro. Los que triunfan ya tienen el gozoso placer de despertar cada mañana sintiéndose recompensados, sin embargo para aquellos que tienen esa espina clavada mi mayor de las ovaciones porque a pesar de todo, se esforzaron, lucharon, lo intentaron y demostraron que perecer en el camino no es un signo de derrota sino de auténtico valor.