Una nueva ley que puede quedar en humo


Tras la tormenta siempre llega la calma y eso es lo que volverá a suceder con la aplicación de la nueva ley antitabaco que restringe por completo el fumar en sitios públicos desde el día 2 de enero. Sin embargo, la picaresca española va por delante de cualquier norma. Por lo que hecha la ley, hecha la trampa. Entre las restricciones de la nueva normativa el punto más conflictivo parece ser aquel que prohíbe fumar en bares, restaurantes y lugares de ocio. Algunos de los gerentes de estos locales ya han mostrado su rebeldía porque creen que la norma perjudica gravemente a su negocio. Por lo que se encuentran en plena búsqueda de alternativas. Las terrazas es una de ellas. La tradición ‘terracera’, antes solo acotada por la buena climatología estival ahora será permanente, y es que el clima no será jamás un impedimento para que muchos establecimientos de restauración saquen a la calle todo su arsenal gastronómico. Hay que dar solución a aquellos que con su cigarro dicen disfrutar más de su filete. Por otro lado, las discotecas y demás lugares de ocio ya han comenzado a crear los denominados ‘clubes de fumadores’, un espacio sin actividad comercial y con una serie de condiciones de ventilación en el que podrán habitar los amantes del humo. No obstante, la legislación en este aspecto se presenta algo confusa y ambigua.

La anterior ley antitabaco de 2006  comenzó, por igual, llena de restricciones que se fueron difuminando con el paso de los meses. En un principio la ley distinguía entre zonas en las que estaba totalmente prohibido fumar, y espacios en los que se podía fumar si se habilitaba una sala especial de fumadores. Dichas salas tenían que estar separadas por cortinas de aire, estar acristaladas y señalizadas. Con el paso de los meses, no era difícil entrar en una discoteca y poder fumar en todas sus estancias. Las comunidades autónomas  responsables de vigilar el cumplimiento de dicha ley tuvieron además la competencia para el desarrollo normativo. Por lo que algunas comunidades como Islas Baleares, Madrid, Valencia o La Rioja, plantearon normas propias que la suavizaron o no crearon una normativa de aplicación, régimen de inspecciones o régimen sancionador, lo que llevó a no fomentar desde los poderes públicos el cumplimiento de la ley. Es por ello, por lo que no será muy difícil ver como previsiblemente esta nueva norma, tan restrictiva y polémica en estos primeros días, no se quede en poco más que humo.

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Las tragedias humanas ya no venden


Llantos, tristezas y penas. Ese parecía ser el único repertorio que los medios de comunicación españoles habían adoptado para sus parrillas televisivas durante los años 2008-2009. Acababa de explotar la crisis y los testimonios y peticiones de auxilio social convertían a la pequeña pantalla en un lugar de angustia y desconsuelo. ‘Callejeros’ no hacía más que visitar a barrios en exclusión social, ‘Comando Actualidad’ martilleaba con las vidas de aquellos que estaban en el paro, y los demás programas se hacían simplemente eco de los que vivían manteniendo a toda una familia con 400 euros. Daba casi miedo encender la televisión. La cosa parecía que se iba a hundir. Al tiempo que el presidente del Gobierno no hacía más que dar dinero a ayuntamientos arruinados para que mejorasen sus parques. La cosa pintaba mal por todos lados. Sin embargo, a alguien se le iluminó una extraña bombilla en lo más adentro de su ser, y pensó que la mejor manera para combatir la crisis era mostrarle a esa España arruinada que aunque todo parecía perdido, el lujo y la extravagancia seguía existiendo, y comenzó el bombardeo de los programas de ricos. ‘Mujeres Ricas’, ‘Callejeros de lujo’, programas de chalets impresionantes, baños en oro para pieles secas… Una total desfachatez. ¿Por qué somos tan ridículos? Ni hacía falta bombardear con miserias ni mucho menos con extravagancias. Sin embargo, si con lo primero se pretendía denunciar la realidad, ¿qué es lo que se pretende con lo segundo? ¿Entretener al ciudadano para que olvide sus penas? Ni tanto, ni tan calvo.